miércoles, 3 de mayo de 2006

146 millones de niños se mueren de hambre


Según un informe presentado ayer por Unicef, cada minuto mueren en el mundo 10 niños menores de 5 años a causa del hambre. El porcentaje de muertes infantiles por desnutrición tan sólo ha disminuido 5 puntos desde 1990, lo que indica que se está haciendo poco o nada para acabar con el hambre en el mundo. Actualmente, según Aldeas Infantiles, 11 millones de niños mueren al año por causas evitables. Y no evitar la muerte de un niño es prácticamente un asesinato.
El futuro de ciertos continentes se extingue cada vez que un niño cierra sus ojos para no volver a despertar.

  • El 27% de la población de los países subdesarrollados está desnutrida, lo que significa que 146 millones de niños sufren desnutrición.
  • África e India son los continentes más afectados por el hambre.
  • En África, la cuarta parte de la población infantil tiene un peso inferior al que le corresponde por la edad.
  • 100 millones de niños en el mundo no van a la escuela.
  • 1’4 millones de menores de 15 años tiene sida y 13 millones son huérfanos a causa de esta enfermedad.
  • 250 millones de niños son explotados y en España 170.000 menores trabajan.
  • 300.000 niños luchan actualmente en conflictos armados.


Las imágenes emitidas durante años por los medios de comunicación han contribuido a una insensibilización de la población de los países desarrollados. El bombardeo ha conseguido un efecto contrario a aquel que debería producir: nuestro cerebro se ha acostumbrado a ver africanos desnutridos que aparecen en los telediarios mientras disfrutamos de nuestras comidas y cenas, sin que nuestro estómago se encoja mínimamente ante tanta desgracia. Ya nada nos impacta. Los que mueren están lejos, son desconocidos, no nos creemos capaces de hacer nada. La culpa es de todos excepto nuestra. Está claro que el cerebro humano no toma conciencia mediante el bombardeo constante de información, todo lo contrario, pierde la capacidad de sorprenderse.
Nos parece de lo más normal que los niños mueran de hambre, trabajen a cortas edades o empuñen armas en conflictos armados. Nos parece de lo más normal que miles de personas huyan de su tierra en busca de una soñada vida mejor tentando a la muerte en pateras o saltando cercas de manera desesperada. Nos parece de los más normal que haya personas en el mundo que viven con un euro al día, sin derechos ni libertades, y, mientras, nosotros pedimos más, sin volver la cabeza hacia los lados.


Existen historias cercanas a nosotros que pueden emocionarnos y mostrarnos un poco de aquello que no queremos ver. Elie tiene 24 años y llegó a España hace unos dos años desde Douala, Camerún. No es necesario exponer el calvario que vivió hasta alcanzar “la tierra prometida”; su viaje duró tres largos años. Él se trajo un pedacito de África y la acercó a nosotros, con sus defectos y sus virtudes. Cuenta que allí, en Camerún, a los 45 años uno ya no es apto para trabajar. Es el caso de su padre, por lo que su familia vive del duro trabajo que realiza su madre cada día en el campo y de una irrisoria pensión que el estado concede a su padre. Ahora Elie quiere comprar un coche y mandarlo a su país para que su padre pueda ganarse la vida como taxista. Su hermana, licenciada en Ciencias Económicas, ejerce de profesora por el módico precio de 120 euros al mes.
Elie todavía guarda en su interior gran parte de la rabia que acumuló durante su largo viaje, lleno de penurias y estafas, y el odio hacia aquellos que dirigen su país y les dejan morir de hambre. Cuando le conocí, ni siquiera sonreía, ahora ya lo hace. Creo que su sonrisa ha nacido del cariño que ha recibido de todos aquellos que le hemos ayudado. Su gratitud es una cualidad que jamás había conocido, no es un simple gracias, es algo que se refleja en sus ojos y que viene de su interior. Una llamada, una visita o una charla en un bar le hacen realmente feliz. Es aquello de ser feliz con las pequeñas cosas que tan poco apreciamos nosotros.
Nos cuenta que su familia pregunta por nosotros y que tienen nuestra foto en el salón. Todo por haber enviado un paquete de ropa y zapatos viejos. Así, el prestigio de la familia aumenta y todo el poblado acude a su casa para comprobar que tienen amigos en Europa.
Pero también cuenta lo bella que es su tierra, bella y rica, y sueña con volver algún día en nuestra compañía para poder mostrarnos toda la belleza del lugar dónde nació. Ahora trabaja duro para ahorrar el dinero suficiente. Ayudándole a él, se ayuda a su familia, a sus hermanos. Todos podemos poner nuestro granito de arena para construir una nueva vida.

1 comentario:

cinto amat dijo...

A mi també em va impactar aquesta fotografia, i em va provocar una reflexió : www.cintoamat.blogspot.com